II. PENSAMIENTO E IMAGINACIÓN


Para las nuevas generaciones, que han desarrollado una gran
mentalidad crítica, es necesario que las pautas que se den para el buen
desarrollo de las relaciones afectivas en el contexto de Internet sean
claras y precisas, racionalmente estructuradas, al modo en que los
filósofos analíticos concibieron la buena filosofía: bien razonada y con
ejemplos. De lo contrario, nos haremos acreedores de la acusación de un
famoso filósofo inglés: levantar polvaredas para después quejarse de que
no se ve bien5. En pocas palabras, pretendemos ofrecer razones claras y
no simplemente criterios de conducta sin fundamentación.

La relación entre cuerpo y conocimiento es un problema clásico en
la filosofía, que ha hecho correr ríos de tinta. Aristóteles, en su libro De
anima, comienza ya una interesante investigación sobre el tema,
apuntando a algunas verdades fundamentales sobre las que construir la
teoría del conocimiento. Este tema es de una importancia capital para la
presente investigación, dado que una de las finalidades más importantes
del noviazgo es conocerse el uno al otro en profundidad. ¿Es posible
conocer a una persona con la que solo contactamos a través de las redes
sociales? La respuesta a está pregunta determinará en que medida un
noviazgo a distancia puede ser considerado un verdadero noviazgo. Pero
antes es preciso aclarar algunos puntos.

2.1. Inteligencia e imaginación

Aunque Aristóteles no da una respuesta definitiva a la cuestión,
plantea una distinción fundamental entre imaginación e inteligencia, que
traerá mucho fruto en la pensamiento posterior, tanto teórico como
práctico.

Para Aristóteles la imaginación es una facultad sensible que
produce imágenes, que capta lo accidental, lo accesorio de la realidad.
Podríamos definirla como «aquella facultad cuyo objeto es volver a
considerar o hacer presente de nuevo (re-presentar) algo que estuvo
presente a los sentidos externos»6. La imaginación opera mirando al
pasado, constituye lo que comúnmente llamamos archivo de percepciones. En
este sentido, el principal cometido de la imaginación no está en sí misma
ni en su actividad, sino en el suministrar a la inteligencia aquellos
phantasmata —imágenes que utiliza el intelecto agente para extraer de lo
sensible lo inteligible— que permiten captar al hombre los conceptos y,
posteriormente, formular juicios.
La imaginación está normalmente bajo el imperio de la voluntad,
aunque a veces —en estados de inconsciencia o subconsciencia— escapa
a su control. Consecuentemente, las imágenes que poseemos no son
siempre las más adecuadas para formular conceptos con los que captar la
realidad7.

Algo fundamental que ha de sustentar toda investigación es la
apertura natural a la verdad del hombre8. Esta realidad se pone de
manifiesto, v. gr., en el pasaje de San Agustín: «He encontrado muchos
que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar»9. El
hombre es un ser que «busca la verdad»10. En este sentido, la inteligencia,
que es la facultad cuasi-divina del hombre de captar lo esencial, lo que es
el ente, cumple ese objetivo de trascender las apariencias, el borde
periférico de lo real. «El hombre es capaz de conocer de modo abstracto
6 García Cuadrado, J. A., Antropología filosófica. Una introducción a la filosofía del
hombre, EUNSA (4ª edición), Pamplona, 2008, p-58.
7 Cfr. Santamaría, M. G., Perfecciopía (Inédito), p. 8.
8 García Cuadrado, J. A., Op. cit., p. 71.
9 San Agustín, Confesiones, X, 23, 33: CCL 27, 173.
10 Juan Pablo II, Fides et ratio; n.28.
y universal, es decir, puede llegar a la esencia de las cosas»11, y eso le
permite realizar su vocación, su afán, y no sumirse en imágenes
inconexas.

Esta distinción entre facultades no es total. La unión se encuentra
ya apuntada en Aristóteles12. A la luz de esta distinción, cabe una
consideración práctica aplicable al noviazgo, pues su razón de ser es
fundamentalmente posibilitar el conocimiento del otro. Sólo así se
consigue una adecuada ordenación de los apetitos sensibles y racionales,
que es clave para lograr un noviazgo fructífero.


2.2. Imagen y concepto: El peligro de la confusión

El siguiente paso es distinguir adecuadamente entre imagen y
concepto. La imagen es producto de la imaginación, mientras que el
concepto surge de la inteligencia.

El concepto es la realidad que se presenta ante la inteligencia como
referencia a lo que está fuera de nosotros. No es una cosa que esté en la
inteligencia flotando, sino la posesión del ente como perfección. Su
única consistencia como realidad es el «referirse a»13. Es pura remisión a
lo que se presenta ante nuestros ojos. La imagen también lo es, pero el
concepto, debido a su espiritualidad, a su inmaterialidad, lo es en grado
sumo. Es por ello que, cuando pensamos, conocemos más que cuando
imaginamos. La imaginación conoce las formas accidentales de lo real.
El concepto se refiere a lo puramente inmaterial de la cosa.
Imagen y concepto pertenecen, pues, a dos niveles distintos de
conocimiento. En el ser humano se dan ambos de tal manera que resulta
fácil confundirlos. Por un lado, la imaginación humana es especialmente
poderosa debido a su actuación conjunta con la inteligencia. La imagen
se da simultáneamente al concepto. Además, la inteligencia y la
imaginación poseen el mismo objeto. Lo único que los distingue es el
grado de realidad que poseen. Por eso es muy común que no sepamos
distinguir cuánto hay de imaginativo y cuánto hay de conceptual en una
realidad que conocemos. Esta propensión a confundir el mundo de la
imaginación con el del conocimiento intelectual puede agravarse por la
exposición excesiva a las sofisticadas tecnologías de la imagen. Perfiles en
redes sociales, comunicación virtual, etc., pueden inducir no ya a
confundir la realidad con la imagen de lo real, sino a confundirla con la
«imagen de la imagen de lo real». Nos encontramos en un bosque de
impresiones que no se corresponden con una experiencia sensible
directa.
11 García Cuadrado, J. A., Op. cit.; p. 74.
12
Aristóteles, De anima III 431 a 14-17.
13 Polo, L., Teoría del Conocimiento, Tomo I, EUNSA, Pamplona, 2004, p. 58.

Entre el concepto de hombre y la imagen de hombre hay un paso.
El concepto de hombre tiene una realidad universal. La imagen, en
cambio, con sus notas sensibles y mutables, puede responder más a
hechos e intereses circunstancias de mayor o menor recorrido histórico.
En pocas palabras «esa unidad de comprensión sobre algo o sobre
alguien se da en el conocimiento de lo intelectual (los conceptos), y no en
el conocimiento sensible imaginativo»14.

Además, la imaginación no accede a la persona en sí misma
considerada, sino tan solo a sus imágenes fragmentarias, que remiten a
aspectos concretos y accidentales, pero no a la propia persona. Pueden
hablarnos de su forma de ser pero no de su intimidad, pues «lo que se
representa ante los sentidos “representa” lo que está más allá de ellos»15.
La imagen del hombre no es, obviamente, algo negativo. Sin
embargo, confundirla con el concepto tiene consecuencias devastadoras.

Un conocimiento del otro basado en simples imágenes, sin un sustrato
conceptual, intelectual, acerca de quién es la otra persona, equivale a
desfigurar su rostro y no conocer más que una caricatura de lo que en
realidad es. De esta manera, por más que las tecnologías ofrezcan un
mundo enormemente sugerente de imágenes, no podemos perder de
vista que las imágenes son muy deficientes para comprender a «alguien».
Sin unidad de comprensión nos enfrentamos a la contemplación de un
rostro desfigurado del otro. Y en el ámbito del noviazgo, esto puede ser
devastador.