III. DON QUIJOTE Y EL AMOR-FICCIÓN


Todo lo expresado con anterioridad en un lenguaje filosófico fue
analizado desde otra perspectiva por Miguel de Cervantes en El Quijote.
La pérdida de contacto con la realidad de Alonso Quijano, motivada por
una hipertrofia de la imaginación y una atrofia del pensamiento, es el
motor de toda la novela. En su delirio de fantasía, Don Quijote, se lanza
en busca de aventuras y —lo que resulta más interesante para el
propósito de este trabajo— crea un amor que solo existe en su
imaginación.


3.1. La locura de D. Quijote: Una hipertrofia de la imaginación


La locura de Don Quijote hunde sus raíces en una desmedida
lectura de libros de caballería. El desafortunado hidalgo termina por
confundir el contenido de aquellos con la realidad misma. «En
resolución, él se enfrasco tanto en su lectura que se le pasaban las noches
leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así del poco
dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a
perder el juicio»16.

En este «perder el juicio» de Don Quijote a que hace referencia el
texto anterior «hay que ver una alegoría o un símbolo antes que un
diagnóstico clínico»17. D. Quijote no es un loco en sentido estricto, sino
un pobre anciano —la esperanza de vida de aquella época apenas llegaba
a los 30 años— que había alimentado desmesuradamente su imaginación
hasta no poder, o no querer —al final de la novela don Alonso Quijano
«renuncia» a su locura para volver a la realidad— distinguir realidad e
imaginación. Así lo sugieren también los diversos intervalos lúcidos en
que Don Quijote no solo demuestra estar cuerdo sino ser pasmosamente
brillante, como en el discurso de las Armas y las Letras. Parece razonable,
pues, aplicar a Alonso Quijano todo lo expuesto en el apartado anterior:
es una víctima de una confusión entre pensamiento e imaginación18.


3.2. El Amor platónico de D. Quijote: Dulcinea del Toboso


Como todo buen caballero andante, D Quijote debe crear una
amada a la que poder cortejar y ofrecer sus hazañas. Construye para ello
un personaje a su gusto, imagina una doncella acorde con la fantasía que
da vida a su aventura: Dulcinea del Toboso. Según da a entender el texto,
esta doncella no es del todo imaginaría, sino que el anciano don Alonso
la ha conocido realmente: «Se cree, que en un lugar cerca del suyo había
una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo
enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cuenta
de ello»”19. Esta humilde labradora es revestida por la imaginación de D.
Quijote con las galas de una noble doncella y, así, «buscándole nombre
que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de
princesa y gran señora, vino a llamarla 'Dulcinea del Toboso' porque era
natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico, peregrino y
significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto»20

Espoleado por la imaginación, Don Quijote idealiza a su amada
atribuyéndole toda clase de cualidades. Sin apenas haberla conocido, su
imaginación le lleva a añadirle todo lo que la pasión desmesurada del
caballero andante le pide. En ello se descubre la poderosa capacidad de la
imaginación para inducirnos al autoengaño —lo que ya aludimos al
sugerir sucintamente que su locura tuvo algo de voluntario, dado que al
final de su vida «renuncia» a ella.


3.3. El desengaño de D. Quijote: Aldonza Lorenzo
Como es natural, la imaginaria doncella de D. Quijote no se parece
en nada a la verdadera realidad. La sublime Dulcinea del Toboso resulta
tener por nombre el de Aldonza Lorenzo, que, como apunta el narrador
de la novela, «dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra
mujer de toda la Mancha»21.