V. CONCLUSIÓN

A la luz de lo expuesto en los apartados anteriores podemos
concluir los siguientes puntos:

1º.- El conocimiento profundo de la otra persona es un elemento
esencial de cualquier relación de noviazgo. Este conocimiento, por tanto,
tiene que estar orientado a la intimidad de la otra persona, a su mundo
interior. De esta manera, toda relación de noviazgo debe ser una
búsqueda recíproca de la identidad espiritual de las personas que
componen la relación.

2º.- El acceso a la persona, en su esencia, debe realizarse por medio
de la inteligencia y no de la imaginación. La imaginación se refiere a lo
accidental, mientras que la inteligencia tiene por objeto lo esencial,
aquello que le hace a algo ser lo que es. En el caso de la persona, la
inteligencia es la facultad del hombre por la que se puede acceder a su
verdadera identidad.

3º.- Don Quijote de la Mancha es un ejemplo paradigmático de los
que supone fundar un amor romántico en la pura imaginación. Su amor
por Dulcinea del Toboso resulta ser una farsa basada únicamente en su
fantasía. La bella dama no es más que una porqueriza. Algo como esto
puede ocurrir cuando una relación amorosa carece de la inmediatez de lo
real.

4º.- Las relaciones a distancia tiene una fuerte dimensión virtual e
imaginativa, toda vez que dependen en gran medida del empleo de las
nuevas tecnologías de la información. En este sentido, tienen el peligro
de fundarse en el mero conocimiento imaginativo y no en el intelectual.
Una adecuada advertencia de este peligro es clave para no sumergirse en
amoríos irreales como el de Don Quijote.

IV. LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS Y LAS RELACIONES A

DISTANCIA.

Hemos puesto de manifiesto, tomando como ejemplo a Don
Quijote, la estructura y la relación entre imagen y concepto. ¿Pero cual es
su relación con el tema de los noviazgos a distancia y de las redes
sociales?

Las redes sociales —Facebook, WhatsApp y otros medios de
comunicación instantánea— están favoreciendo el auge de los
noviazgos a distancia. Todos tenemos algún amigo cuya novia o novio
vive, no ya en otra ciudad, sino en otro país o incluso en otro continente.
Se trata de una novedad de nuestro tiempo que antes apenas estaba
presente. Por ello, un análisis sereno y ponderado de cuáles son las
ventajas y los inconvenientes que plantea es más necesario que nunca.

4.1. El mundo virtual: Un mundo de imágenes

El mundo virtual es un mundo de imágenes. Se trata de un entorno
en el que la propia persona se muestra de manera parcial, quedando
oculto su mundo interior, su intimidad. Nuestro perfil, aquél con el que
nos presentamos al resto de internautas, no es más que una máscara, una
imagen con la que presentarnos. La persona no se revela en una foto de
Facebook o en un mensaje de WhatsApp. La persona se revela en el trato
directo, en el encuentro de su mirada —la epifanía del rostro, como la llama
Lévinas—, en el tono de su voz y en los gestos que realiza. En este
sentido, es preciso advertir el peligro que corre un noviazgo cuya base
sea la comunicación digital y no un conocimiento real de la otra persona.

Dicho esto, es necesario dar un paso más y preguntarse cómo es
posible cultivar una relación profunda, duradera, auténtica, basada en el
conocimiento y entrega al otro22. Las relaciones de verdadera amistad —
uno de cuyos casos paradigmáticos es, en definitiva, el noviazgo—
parecen haberse sustituido en muchas ocasiones por mera fórmulas de
cortesía, de ‘saber estar’, ‘saber tratar’ a los demás en cada situación, sin
interesarse por el otro ni dejarnos conocer de manera absoluta. El otro
se convierte, pues, en una especie de ‘extraño’, de ‘otro’ en sentido
estricto, en quien no reconocemos a un semejante. Esta relación deja de
ser una relación de amistad para, en palabra de Jon Borobia, convertirse
en una relación de interés o interesada —que resulta más cómoda en la
medida en que ambas partes aceptan desde el inicio que se trata de una
relación de utilidad23. Análogamente puede ocurrir que, en un noviazgo
sustentado en el mundo virtual, los novios sean en el fondo extraños que
no se conocen.

A este respecto, es cada vez más frecuente el fenómeno que Alex
Williams describe en su artículo “The end of coutship?”24 El tradicional
cortejo previo a una relación de noviazgo esta desapareciendo en pos de
otro que podríamos denominar «cortejo virtual». Según este autor,
«Dating culture has evolved to a cycle of text messages, each one requiring the codebreaking
skills of a cold war spy to interpret». Efectivamente, la cultura de la
imagen en que estamos inmersos está arrinconando los métodos
tradicionales de ofrecerse a una chica como «pretendiente». Ahora, el
preámbulo de lo que vulgarmente se conoce como «estar saliendo» tiene
lugar a través de las redes sociales. Para tratar con una chica ya no es
necesario estar espacialmente cerca de ella.

En un noviazgo convencional, poco a poco el trato personal
aumenta y se hace frecuente, sin plantear grandes problemas. El trato
«virtual» del que hablamos se va sustituyendo por el trato personal y
poco a poco se irán revelando las intimidades de los novios. Sin
embargo, en un noviazgo a distancia existe el peligro de que esta fase de
trato virtual no se supere realmente. Como hemos señalado
anteriormente, las redes sociales ofrecen una sensación de cercanía
difícilmente superable. Esto puede crear una apariencia de intimidad. Sin
embargo, esta cercanía es solo aparente. Lo que tenemos cerca no es la
otra persona, sino su imagen. Y está no es suficiente para hablar de
noviazgo.

Por amor platónico entendemos un amor que se sustenta en una
ilusión. ¿Podemos basar una relación de pareja en eso?
Ya hemos aludido a lo perniciosas que resultan las imágenes falsas
en las relaciones de pareja. El amor platónico configura una imagen idea
—aparentemente perfecta— de la otra persona, haciendo imposible la
decisión racional teniendo en cuenta la verdadera naturaleza del otro.
Necesitamos atender a criterios reales y no imaginarios. El conocimiento
de la verdad es indispensable para que un noviazgo se sustente sobre
bases que permitan un desarrollo armónico.

Las relaciones a distancia tienen ese componente platónico. En una
relación a distancia falta la confrontación sensible por la cual conocer los
actos concretos que realiza el hombre o la mujer que se ama. El amado,
al no poder conocer esto, requiere conocer la imagen del otro a través de
lo que cuenta el otro de sí mismo. El problema no es si hemos de fiarnos
de la sinceridad del otro sino, más bien, si el otro es capaz de verse a sí
mismo con la objetividad necesaria. No nos conocemos totalmente a
nosotros mismos. Ese amor platónico que puede surgir entre una pareja
tiene el riesgo de truncarse cuando compartan la realidad de sus mundos
cotidianos. Por eso, la prolongación excesiva de la distancia no es algo
recomendable.
III. DON QUIJOTE Y EL AMOR-FICCIÓN


Todo lo expresado con anterioridad en un lenguaje filosófico fue
analizado desde otra perspectiva por Miguel de Cervantes en El Quijote.
La pérdida de contacto con la realidad de Alonso Quijano, motivada por
una hipertrofia de la imaginación y una atrofia del pensamiento, es el
motor de toda la novela. En su delirio de fantasía, Don Quijote, se lanza
en busca de aventuras y —lo que resulta más interesante para el
propósito de este trabajo— crea un amor que solo existe en su
imaginación.


3.1. La locura de D. Quijote: Una hipertrofia de la imaginación


La locura de Don Quijote hunde sus raíces en una desmedida
lectura de libros de caballería. El desafortunado hidalgo termina por
confundir el contenido de aquellos con la realidad misma. «En
resolución, él se enfrasco tanto en su lectura que se le pasaban las noches
leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así del poco
dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a
perder el juicio»16.

En este «perder el juicio» de Don Quijote a que hace referencia el
texto anterior «hay que ver una alegoría o un símbolo antes que un
diagnóstico clínico»17. D. Quijote no es un loco en sentido estricto, sino
un pobre anciano —la esperanza de vida de aquella época apenas llegaba
a los 30 años— que había alimentado desmesuradamente su imaginación
hasta no poder, o no querer —al final de la novela don Alonso Quijano
«renuncia» a su locura para volver a la realidad— distinguir realidad e
imaginación. Así lo sugieren también los diversos intervalos lúcidos en
que Don Quijote no solo demuestra estar cuerdo sino ser pasmosamente
brillante, como en el discurso de las Armas y las Letras. Parece razonable,
pues, aplicar a Alonso Quijano todo lo expuesto en el apartado anterior:
es una víctima de una confusión entre pensamiento e imaginación18.


3.2. El Amor platónico de D. Quijote: Dulcinea del Toboso


Como todo buen caballero andante, D Quijote debe crear una
amada a la que poder cortejar y ofrecer sus hazañas. Construye para ello
un personaje a su gusto, imagina una doncella acorde con la fantasía que
da vida a su aventura: Dulcinea del Toboso. Según da a entender el texto,
esta doncella no es del todo imaginaría, sino que el anciano don Alonso
la ha conocido realmente: «Se cree, que en un lugar cerca del suyo había
una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo
enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cuenta
de ello»”19. Esta humilde labradora es revestida por la imaginación de D.
Quijote con las galas de una noble doncella y, así, «buscándole nombre
que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de
princesa y gran señora, vino a llamarla 'Dulcinea del Toboso' porque era
natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico, peregrino y
significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto»20

Espoleado por la imaginación, Don Quijote idealiza a su amada
atribuyéndole toda clase de cualidades. Sin apenas haberla conocido, su
imaginación le lleva a añadirle todo lo que la pasión desmesurada del
caballero andante le pide. En ello se descubre la poderosa capacidad de la
imaginación para inducirnos al autoengaño —lo que ya aludimos al
sugerir sucintamente que su locura tuvo algo de voluntario, dado que al
final de su vida «renuncia» a ella.


3.3. El desengaño de D. Quijote: Aldonza Lorenzo
Como es natural, la imaginaria doncella de D. Quijote no se parece
en nada a la verdadera realidad. La sublime Dulcinea del Toboso resulta
tener por nombre el de Aldonza Lorenzo, que, como apunta el narrador
de la novela, «dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra
mujer de toda la Mancha»21.
II. PENSAMIENTO E IMAGINACIÓN


Para las nuevas generaciones, que han desarrollado una gran
mentalidad crítica, es necesario que las pautas que se den para el buen
desarrollo de las relaciones afectivas en el contexto de Internet sean
claras y precisas, racionalmente estructuradas, al modo en que los
filósofos analíticos concibieron la buena filosofía: bien razonada y con
ejemplos. De lo contrario, nos haremos acreedores de la acusación de un
famoso filósofo inglés: levantar polvaredas para después quejarse de que
no se ve bien5. En pocas palabras, pretendemos ofrecer razones claras y
no simplemente criterios de conducta sin fundamentación.

La relación entre cuerpo y conocimiento es un problema clásico en
la filosofía, que ha hecho correr ríos de tinta. Aristóteles, en su libro De
anima, comienza ya una interesante investigación sobre el tema,
apuntando a algunas verdades fundamentales sobre las que construir la
teoría del conocimiento. Este tema es de una importancia capital para la
presente investigación, dado que una de las finalidades más importantes
del noviazgo es conocerse el uno al otro en profundidad. ¿Es posible
conocer a una persona con la que solo contactamos a través de las redes
sociales? La respuesta a está pregunta determinará en que medida un
noviazgo a distancia puede ser considerado un verdadero noviazgo. Pero
antes es preciso aclarar algunos puntos.

2.1. Inteligencia e imaginación

Aunque Aristóteles no da una respuesta definitiva a la cuestión,
plantea una distinción fundamental entre imaginación e inteligencia, que
traerá mucho fruto en la pensamiento posterior, tanto teórico como
práctico.

Para Aristóteles la imaginación es una facultad sensible que
produce imágenes, que capta lo accidental, lo accesorio de la realidad.
Podríamos definirla como «aquella facultad cuyo objeto es volver a
considerar o hacer presente de nuevo (re-presentar) algo que estuvo
presente a los sentidos externos»6. La imaginación opera mirando al
pasado, constituye lo que comúnmente llamamos archivo de percepciones. En
este sentido, el principal cometido de la imaginación no está en sí misma
ni en su actividad, sino en el suministrar a la inteligencia aquellos
phantasmata —imágenes que utiliza el intelecto agente para extraer de lo
sensible lo inteligible— que permiten captar al hombre los conceptos y,
posteriormente, formular juicios.
La imaginación está normalmente bajo el imperio de la voluntad,
aunque a veces —en estados de inconsciencia o subconsciencia— escapa
a su control. Consecuentemente, las imágenes que poseemos no son
siempre las más adecuadas para formular conceptos con los que captar la
realidad7.

Algo fundamental que ha de sustentar toda investigación es la
apertura natural a la verdad del hombre8. Esta realidad se pone de
manifiesto, v. gr., en el pasaje de San Agustín: «He encontrado muchos
que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar»9. El
hombre es un ser que «busca la verdad»10. En este sentido, la inteligencia,
que es la facultad cuasi-divina del hombre de captar lo esencial, lo que es
el ente, cumple ese objetivo de trascender las apariencias, el borde
periférico de lo real. «El hombre es capaz de conocer de modo abstracto
6 García Cuadrado, J. A., Antropología filosófica. Una introducción a la filosofía del
hombre, EUNSA (4ª edición), Pamplona, 2008, p-58.
7 Cfr. Santamaría, M. G., Perfecciopía (Inédito), p. 8.
8 García Cuadrado, J. A., Op. cit., p. 71.
9 San Agustín, Confesiones, X, 23, 33: CCL 27, 173.
10 Juan Pablo II, Fides et ratio; n.28.
y universal, es decir, puede llegar a la esencia de las cosas»11, y eso le
permite realizar su vocación, su afán, y no sumirse en imágenes
inconexas.

Esta distinción entre facultades no es total. La unión se encuentra
ya apuntada en Aristóteles12. A la luz de esta distinción, cabe una
consideración práctica aplicable al noviazgo, pues su razón de ser es
fundamentalmente posibilitar el conocimiento del otro. Sólo así se
consigue una adecuada ordenación de los apetitos sensibles y racionales,
que es clave para lograr un noviazgo fructífero.


2.2. Imagen y concepto: El peligro de la confusión

El siguiente paso es distinguir adecuadamente entre imagen y
concepto. La imagen es producto de la imaginación, mientras que el
concepto surge de la inteligencia.

El concepto es la realidad que se presenta ante la inteligencia como
referencia a lo que está fuera de nosotros. No es una cosa que esté en la
inteligencia flotando, sino la posesión del ente como perfección. Su
única consistencia como realidad es el «referirse a»13. Es pura remisión a
lo que se presenta ante nuestros ojos. La imagen también lo es, pero el
concepto, debido a su espiritualidad, a su inmaterialidad, lo es en grado
sumo. Es por ello que, cuando pensamos, conocemos más que cuando
imaginamos. La imaginación conoce las formas accidentales de lo real.
El concepto se refiere a lo puramente inmaterial de la cosa.
Imagen y concepto pertenecen, pues, a dos niveles distintos de
conocimiento. En el ser humano se dan ambos de tal manera que resulta
fácil confundirlos. Por un lado, la imaginación humana es especialmente
poderosa debido a su actuación conjunta con la inteligencia. La imagen
se da simultáneamente al concepto. Además, la inteligencia y la
imaginación poseen el mismo objeto. Lo único que los distingue es el
grado de realidad que poseen. Por eso es muy común que no sepamos
distinguir cuánto hay de imaginativo y cuánto hay de conceptual en una
realidad que conocemos. Esta propensión a confundir el mundo de la
imaginación con el del conocimiento intelectual puede agravarse por la
exposición excesiva a las sofisticadas tecnologías de la imagen. Perfiles en
redes sociales, comunicación virtual, etc., pueden inducir no ya a
confundir la realidad con la imagen de lo real, sino a confundirla con la
«imagen de la imagen de lo real». Nos encontramos en un bosque de
impresiones que no se corresponden con una experiencia sensible
directa.
11 García Cuadrado, J. A., Op. cit.; p. 74.
12
Aristóteles, De anima III 431 a 14-17.
13 Polo, L., Teoría del Conocimiento, Tomo I, EUNSA, Pamplona, 2004, p. 58.

Entre el concepto de hombre y la imagen de hombre hay un paso.
El concepto de hombre tiene una realidad universal. La imagen, en
cambio, con sus notas sensibles y mutables, puede responder más a
hechos e intereses circunstancias de mayor o menor recorrido histórico.
En pocas palabras «esa unidad de comprensión sobre algo o sobre
alguien se da en el conocimiento de lo intelectual (los conceptos), y no en
el conocimiento sensible imaginativo»14.

Además, la imaginación no accede a la persona en sí misma
considerada, sino tan solo a sus imágenes fragmentarias, que remiten a
aspectos concretos y accidentales, pero no a la propia persona. Pueden
hablarnos de su forma de ser pero no de su intimidad, pues «lo que se
representa ante los sentidos “representa” lo que está más allá de ellos»15.
La imagen del hombre no es, obviamente, algo negativo. Sin
embargo, confundirla con el concepto tiene consecuencias devastadoras.

Un conocimiento del otro basado en simples imágenes, sin un sustrato
conceptual, intelectual, acerca de quién es la otra persona, equivale a
desfigurar su rostro y no conocer más que una caricatura de lo que en
realidad es. De esta manera, por más que las tecnologías ofrezcan un
mundo enormemente sugerente de imágenes, no podemos perder de
vista que las imágenes son muy deficientes para comprender a «alguien».
Sin unidad de comprensión nos enfrentamos a la contemplación de un
rostro desfigurado del otro. Y en el ámbito del noviazgo, esto puede ser
devastador.
I. INTRODUCCIÓN


Tres elementos, aparentemente inconexos pero íntimamente
relacionados, integran la presente comunicación escrita: La relaciones a
distancia, las redes sociales y don Quijote. ¿Cómo –puede preguntarse el
lector– es posible relacionar realidades aparentemente tan alejadas?
Las nuevas tecnologías han cambiado por completo nuestra manera
de comunicar y de pensar; han cambiado, en definitiva, la sociedad.
Ningún ámbito, ya sea el personal, académico o profesional, ha escapado
a su influencia. Hoy en día se da por supuesta nuestra presencia en
alguna de las redes sociales más extendidas, y no es infrecuente encontrar
personas registradas en varias de ellas a la vez. Existen redes de carácter
profesional, otras de tipo social, o incluso de búsqueda de parejas. Se han
creado aplicaciones de toda clase: de fotografía, juegos, cocina, deportes,
etc. Y lo más relevante es que todas ellas ofrecen la posibilidad de
compartir nuestro perfil con nuestros amigos. No es necesario más que
un somero análisis de los datos estadísticos disponibles para advertir la
magnitud de este fenómeno: según datos de 2012, se calcula que más de
17 millones de personas se conectan diariamente a Internet solo en
España, de los cuales el 40% son jóvenes menores de 35 años1; que
1 Perfil sociodemográfico de los internautas; Observatorio nacional de las
telecomunicaciones y de la SI [ONTSI], 2012.
existen unos 850 millones de usuarios activos de Facebook; y que se
envían 175 millones de tweets diarios2.


Estos datos nos revelan cómo —también en nuestro país— el
mundo digital va configurándose como uno de los fenómenos más
importantes de nuestro tiempo. Las nuevas tecnologías de la información
han conseguido liberar al hombre de los tradicionales límites de espacio y
tiempo, consagrándose como una verdadera revolución de nuestros días.
Gracias a ellas, podemos comunicarnos instantáneamente con
prácticamente cualquier parte del globo, así como acceder a un mar de
información acerca de lo que está ocurriendo en cualquier país. Son
muchos los campos que están siendo radicalmente transformados por
ellas, uno de los cuales es el de las relaciones de pareja, y particularmente
el noviazgo. En efecto, las nuevas tecnologías han supuesto la aparición
de un tipo de noviazgo muy infrecuente hasta su llegada: los noviazgos a
distancia.

En lo referente a las relaciones a distancia, el uso de las nuevas
tecnologías de la información plantea una serie de ventajas e
inconvenientes que es preciso considerar con detenimiento. Gracias a
instrumentos como WhatsApp, Facebook o Skype, es posible mantener un
contacto diario y permanente con otra persona, aunque viva en otro
continente. Podemos lograr una gran sensación de cercanía
independientemente de la distancia que nos separe. Sin embargo, esta
cercanía es solo aparente, dado que la ingente cantidad de información
que proporcionan dispositivos de mensajería instantánea podría no
proporcionar, a la postre, un conocimiento de la suficiente calidad como
para basar una relación de noviazgo orientada a un compromiso familiar
definitivo.

Todos sabemos que la calidad, en muchos casos, está reñida con la
cantidad. De esta manera, también sucede que una cantidad excesiva de
imágenes e información como la que nos ofrecen estos medios de
comunicación interpersonal podría hacer difícil centrar la atención en los
aspectos verdaderamente importantes de una relación de noviazgo.
Aunque es propio de las capacidades intelectuales del hombre saber
discriminar lo relevante de lo superficial, la exposición permanente a un
torrente frenético de imágenes y datos puede distraernos de lo más
importante para que un noviazgo sea un éxito: del conocimiento
profundo del otro.

Arrojar un poco de luz sobre esta cuestión es el objetivo de este
breve ensayo. Para ello, sugerimos dos vías de reflexión:
La primera tiene carácter filosófico, y consiste en la adecuada
distinción entre pensamiento e imaginación. Un auténtico conocimiento
2 Vid. http://www.huffingtonpost.com/brian-honigman/100-fascinating-socialme_
b_2185281.html.
de “quién es” la otra persona (conocimiento intelectual, esencial) y no un
simple “cómo es” (conocimiento sensible, accidental) es la clave del éxito
de todo noviazgo.

La segunda vía de reflexión es literaria, pues consideramos que una
aproximación de este tipo no solo es igualmente legítima, sino que
resulta complementaria. Y es que “ese afán de interpretación [de la
realidad] no es monopolio de los filósofos, pues los grandes escritores lo
son —al mismo tiempo— por su dominio del lenguaje y la profundidad
de sus análisis”3. Y qué mejor ejemplo de lo que supone enamorarse de
un mundo de imágenes y ficción que la sempiterna figura de Don
Quijote. Su idílica relación con Dulcinea del Toboso, que es, en realidad,
una labradora ruda y desgarbada llamada Aldonza Lorenzo, ilustra de
manera muy acertada en qué consiste un noviazgo imaginario, irreal. El
recurso a este personaje puede resultar paradójico, por tratarse de un
modelo creado en el siglo XVII. Nihil novum sub sole4 —es lo único que
cabe replicar. La naturaleza humana y los problemas ante los que se
enfrenta son siempre los mismos, aunque tengan distintas apariencias.

No es el fin de este trabajo poner en tela de juicio el valor y la
utilidad de las redes sociales, sino simplemente advertir de un posible
peligro que pueden suponer para este tipo de noviazgos, los noviazgos a distancia.
Ciertamente, la cuestión del contacto entre la filosofía y la gente es incómoda para cualquier filósofo de nuestro tiempo, pues pone ante nuestros ojos una realidad que muchas veces no queremos ver: La Filosofía vive un momento de profundo desprestigio. Y si bien es cierto que una de las causas principales es el relativismo imperante de la postmodernidad, sería excesivamente cómodo y poco honrado pensar que es la única. En mi opinión, no basta con detectar los factores externos que pueden haber conducido a esta situación, sino que es necesario hacer un profundo examen de conciencia para averiguar si nos corresponde o no parte de la responsabilidad.
Pues bien, después de darle algunas vueltas al dilema antes planteado, he llegado a la siguiente conclusión: Una de las principales responsables de que la Filosofía sea una ciencia, o mejor dicho una sabiduría, arrinconada, poco estimada o incluso menospreciada es la universidad.
La concepción que tengamos de universidad juega un papel fundamental para determinar cual es el estatus que le corresponde a la filosofía, pues la institución que por antonomasia debe proteger y estimular la búsqueda de la verdad.
Tras dos semanas de vacaciones, he podido llevar a cabo un profundo análisis de la idea de universidad. He recorrido su historia y he consultado a los universitarios más importantes de todos los tiempos acerca de las claves para que la universidad cumpla su fin, que no es otro que el de buscar la verdad y, por tanto, hacer filosofía.
Finalmente, lo que al empezar la investigación era solo una intuición más o menos fundamentada se ha convertido en una convicción con la que estoy dispuesto a guiar mi vida universitaria: La universidad, independientemente de sus áreas de especialización, debe ser una etapa en la que cada uno de sus miembros se aproxime libremente a la realidad y explore todos los campos del saber. De esta manera, la universidad hará de todo aquel que pase por ella un verdadero filósofo.
A continuación haré un breve recorrido por la historia de la universidad, después realizaré un somero diagnóstico de la universidad actual y, finalmente, propondré una serie de claves la auténtica universidad como institución que busca la verdad.

El origen de la Universidad

El origen de la universidad se sitúa en el Medievo. Es un tiempo en el que la verdad y la belleza van de la mano. La  formación intelectual empieza  a impartirse  en monasterios y catedrales. Las escuelas dividían las enseñanzas en dos grandes bloques temáticos: El Trívium y Quadrivium. El primero comprendía la Gramática, la Dialéctica y la Retórica. El segundo, Aritmética, Geometría, Astronomía y Música. Las siete materias eran conocidas como las Artes Liberales; unas, relacionadas con las Letras; las otras, con  las Matemáticas. Se ofrecía entonces una educación  abierta a lo trascendental.
      Más adelante aparecen los Studium Generale, aquellas escuelas que recibían alumnos procedentes de otras diócesis y cuyos títulos eran válidos en todos los lugares. Surge un gremio de estudiantes y maestros, la universitas, de ahí el término universidad. Las facultades que componían estas instituciones impartían la enseñanza de Filosofía,  Derecho (Canónico y Civil),  Medicina y Teología. En cualquier caso, las universidades elaboraban libremente sus planes de estudio, dando así origen a la libertad de cátedra.
Así, el nacimiento de la universidad fue fruto de la convicción de que el ser humano es capaz de conocer la verdad. Pero no una verdad fragmentada, dividida en compartimentos estancos, sino una verdad cuya misión es abarcar todo orden de la creación[1].
En la reforma protestante podemos encontrar un primer punto de inflexión en la manera que tiene Europa de concebir la universidad. Esta señalará una separación entre universidades protestantes y católicas. La universidad comienza aquí una nueva andadura, en la que cabe destacar la ruptura del diálogo entre fe y razón y el predominio de intereses utilitaristas. En la época de la Revolución Francesa ya se oye hablar de una crisis de la universidad. Es el caso del movimiento de Oxford, encabezado por John Henry Newman, que reivindicaba una universidad más abierta a la trascendencia. En el siglo XX, Ortega y Gasset describía al estudiante universitario como un “nuevo bárbaro”[2]. Con esta expresión se refería principalmente “al profesional, más sabio que nunca pero más inculto también”.

La universidad de hoy

A día de hoy la universidad europea es una institución preocupada principalmente por formar profesionales. No se fomenta en los estudiantes la inquietud por las preguntas sobre el sentido de la vida o la trascendencia; la búsqueda de la belleza y la verdad han sido relegadas, y se apuesta cada vez más por una especialización siempre al servicio de la competitividad. Las únicas competencias que adquiere el alumno son aquellas que le ayudarán a superar una entrevista de trabajo o a ser un buen profesional. Pero, ¿y aquellas competencias necesarias para vivir una vida plena, para ser un buen padre de familia, para  cultivar verdaderas relaciones de amistad? ¿Para qué vivir hasta una avanzada edad rodeado de bienestar material si no se encuentra un sentido verdadero a la existencia? En la mayoría de las universidades europeas las competencias para afrontar estas cuestiones brillan por su ausencia.
La realidad de la universidad actual se encuentra bastante alejada del ideal universitario clásico. Esto se debe a que se encuentra sumida en los valores imperantes en la sociedad de hoy, de los que no ha sabido escabullirse o, lo que es peor, no ha querido hacerlo. En otras palabras, la universidad actual es hija de su tiempo, de una cultura en la que imperan los valores mercantilistas y un pragmatismo exacerbado en el que no tiene cabida nada que esté más allá de cualquier aplicación práctica inmediata.
Ello tiene consecuencias directas en la educación superior y se manifiesta en una serie de características que analizaremos a continuación.
En primer lugar, nos encontramos con que la universidad, por influencia del pensamiento liberal e ilustrado, no está sometida a ningún tipo de tradición intelectual, so pretexto de una neutralidad que la incapacita para sostener la idea de un bien para el hombre. Así, ha quedado subordinada a los valores imperantes en la sociedad, que actualmente son los de la ciencia económica y el mercado (la eficiencia, principalmente), y ha modelado un plan de estudios o currículum de acuerdo con los mismos. A este respecto cabe destacar la exigencia que ciertos centros universitarios europeos  imponen a día de hoy a sus profesores; se trata de la llamada “Declaración de Libre Investigación”, que dice así:


“Universidad Libre de xxxx.
 Declaración de Libre Investigación.
 Yo, el abajo firmante (…), declaro por mi honor que soy partidario y seguidor de la libre investigación, es decir, de la búsqueda altruista de la verdad por medio de la ciencia, lo que implica el rechazo de todo principio de autoridad en el campo intelectual, filosófico y moral, así como el rechazo de toda verdad revelada. Declaro que actuaré de acuerdo a cuanto dicho más arriba.
 Fecha (…) Firma (…)”. 


De aquí se desprende  una concepción de la razón meramente cientificista, técnica, fruto del proceso de especialización y, en última instancia, una visión fragmentada del saber. La especialización ha degenerado en una situación de fragmentación de la verdad misma, en la medida en que ha convertido  cada ciencia en un saber dedicado a un ámbito reducido y concreto de la realidad,  orientado a bienes y verdades en ocasiones incompatibles  con las del resto.
Consecuentemente, estamos ante una pérdida de la visión global del saber, su atomización, que diluye la comprehensión global de la realidad. De ahí la inaptitud de la universidad para afrontar las preguntas y los problemas que se dan en la sociedad. Es así como la educación superior, en palabras de MacIntyre[3], se halla en una situación de esquizofrenia al tener que ‘elegir’ entre dar una formación cultural a sus alumnos o prepararlos en los ámbitos técnicos de modo que adquieran entrenamiento profesional durante sus años de estudios universitarios.
Como he señalado anteriormente, la universidad se ha plegado a los valores de la cultura actual, de manera que se ha decantado por la segunda de estas opciones, que es la formación de profesionales. Profesionales cuyo objetivo es alcanzar grandes puestos de trabajo con los que satisfacer sus necesidades individuales, sin mayor altura de miras ni límites que los que constituyen los intereses ajenos. Esta educación no permite que la universidad cumpla con una de sus funciones primordiales, la formación de las personas que integran la sociedad y que han de contribuir a sostenerla. Se ha encerrado, por el contrario, en un modelo de investigación académica y técnica en ocasiones bastante alejado de la vida real de la comunidad.



Una propuesta de universidad

Ahora podemos observar cómo la universidad debe recuperar el que originariamente fue su cometido principal: buscar la verdad. La universidad está por naturaleza llamada a encarnar la máxima aristotélica de que “todos los hombres desean por naturaleza saber”8
Así lo ha entendido autores como Karl Jaspers, al definir la universidad como “una comunidad de estudiosos y de estudiantes empeñados en la tarea de buscar la verdad”[4], o Benedicto XVI al afirmar que “el verdadero e íntimo origen de la Universidad está en el afán de conocimiento, que es propio del hombre. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere la verdad”9
Propongo, a la vista de los errores de planteamiento que observamos, una institución que busque una cultura que redunde en la perfección humana, una cultura en la que el hombre amplíe su razón más allá de la razón técnica, en la que no se encuentre supeditado a los medios, sino a los fines. Así, entiendo que se debe recobrar el conocimiento humano en su totalidad.
Un primer paso para alcanzar esta meta es el diálogo entre las diferentes facultades de la Universidad, para llevar a cabo un estudio conjunto e integrador de la realidad que nos lleve a un conocimiento  más profundo que las conclusiones alcanzadas por cada ciencia aisladamente. Solo así se conseguirá una visión global del saber que aporte una explicación racional de la realidad y contribuya a una buena formación del estudiante acerca del bien del hombre y de la comunidad.
La universidad debe  recuperar su tarea inicial, la creación y difusión del saber, así como de una visión del mundo y del hombre acorde a la naturaleza de este. En pocas palabras, si queremos una sociedad donde la Filosofía ocupe el lugar que le corresponde es necesario restaurar la vigencia de las humanidades o artes liberales, pues solo desde una actitud de búsqueda de la verdad en su sentido pleno puede aprecierse el valor de la Filosofía, que no es otra cosa que “Amor a la sabiduría”.



[1] SÚAREZ, Luis “Lo que el mundo le debe a España”. Ed. Ariel . Barcelona 2009.
[2] ORTEGA Y GASSET, José “Misión de la Universidad. Selección de textos”. Buenos Aires 2001
[3] José Manuel Giménez Amaya y Sergio Sánchez-Migallón, “Diagnóstico de la universidad en Alasdair MacIntyre: génesis y desarrollo de un proyecto antropológico”. Pamplona: EUNSA, 2011.

8 ARISTÓTELES,  Metafísica”. Ed Gredos. Madrid 2000
9 ASOCIACÍON PARA LA INVESTIGACIÓN Y LA DOCENCIA UNIVERSITAS. Pagina web.
10 STRAUSS, leo. “What is a liberal education?”. Artículo univ
No puedo evitar sentir un profundo sentimiento de rechazo después de leer  el ensayo titulado “El viraje de la Filosofía”. Aunque soy consciente de mi escasa formación filosófica, no dudo en afirmar que la tesis defendida por Molitz Schlick es rotundamente falsa.

En primer lugar, me gustaría hacer una reflexión que, aunque pueda resultar ingenuamente sencila, resulta bastante clarificadora. Moritz Schlick habla de un viraje definitivo de la filosofía. Es decir, afirma que la filosofía ya no volverá a modificar su camino. Pero si esto es así, ¿cómo sorteará los obstáculos que se presenten ante ella? Si postulamos una filosofía estática, que no está dispuesta a corregir su rumbo en cualquier momento, sino que pretende instalarse en la verdad absoluta, aquella se parecerá a un barco que surca los mares con la dirección inutilizada y que, como es lógico, terminará chocando con cualquier obstáculo, pues como afirma Alejandro Llano “la verdad es como una bayoneta, puedes hacer lo que quiera con ella, pero no te puedes sentar encima”
Además, considero que a través de las nociones de persona e intimidadpodemos refutar la tesis sostenida por Schlick. La filosofía es una actividad esencialmente humana . En este sentido, depemde del hombre para realizarse y su medida es el propio hombre. El método que utilicemos tiene que ser, por tanto, determinado por nuestra naruraleza, y no por un razonamiento abstracto,sea lógico o matemático.

Un rasgo que distingue a todo hombre es su  ser único e irrepetible. Aunque suene muy evidente, nadie puede negar que cualquiera de nosotros es alguien  distinto de los demás. Todos tenemos, no solo unas condicione fisiológicas distintas, como unos determinados rasgos corporales , vivencias, circunstancias, etc.  que configuran nuestra intimidad diferenciándola de la de los demás.
Dicho esto, podemos concluir que, en la medida en que cada persona es distinta, también es un sujeto filosófico radicalmente distinto y, por ello, tendrá algo que los demás no pueden aportar. Con esta afirmación no busco hacer una apología del relativismo. Nada más lejos de mi intención. Lo que intento decir es que cada persona está capacitada para aportar algo radicalmente nuevo a la filosofía, incluyendo la de otros pensadores, toda vez que ella es radicalmente distinta de ellos pero al mismo tiempo comparte su misma naturaleza
Por otro lado, debo decir que ningún ser humano es capaz de agotar la realidad. La realidad nos mide a nosotros y no al revés. Somos nosotros los que estamos en el mundo y no él en nosotros. Por ello, nuestra actitud debe ser la de contínua expectación
En resumidas cuentas, no creo que a nadie le sea legítimo hablar de un viraje definitivo de la filosofía. Como decía Bernardo de Chartres, somos “enanos a hombros de gigantes”. No porque tengamos algún don del que carecía nuestros antepasados, sino porque apoyados en sus descubrimientos, podemos ver más lejos.
Acabo de leer el ensayo titulado “Pragmastismos y relativismo”. Aunque pueda sonar ingenuo, voy a tratar de complementar la tesis del citado artículo tomando como base una de las novelas más exitosas del siglo XX: “El Señor de los anillos”. Efectivamente, pretendo hacer una una aportación de contenido filosófico a través de un texto literario que muchos consideran infantil. ¿Estaré, acaso, suscribiendo la tesis de Rorty, cuando afirma que “ la Filosofía académica debe disolverse en las diversas formas de conversación de la humandidad”, concretamente, en la Literatura? Nada más lejos de mi intención.

Lo que pretendo es hacer una apología del pluralismo epistemológico , llevando este a sus últimas consecuencias. Según este, la búsqueda de la verdad no solo es posible, sino que cada hombre, cada ciencia, está legitimada para aportar su particular visión de la realidad y , por tanto, de la verad. Esto es así porque la verdad tiene diferentes caras y facetas. De la misma manera que una montaña puede obsevarse desde distintos ángulos, la verdad también puede ser percibida de distintas maneras, y estas no solo no son excluyentes, sino que son compelmentarias.
Dicho esto, puedo afirmar que la Literatura es un complemento indispensable de la reflexión filosófica, pues tanto una como otra tienen por objetivo desvelar las cuestiones última de la condición humana y de la realidad. Si bien la Filosofía las aborda de una manera mas sistematica y rigurosa, la Literatura nos pone frente a ellas de una manera más sutil, pero no por ello menos sugerente e intensa. Seria propio de la filosofía, por ejemplo, hacer un tratado sobre el amor. En él encontraremos un análisis racional de esta realidad humana y una estructura fijada de antemano:  Una definición de Amor, los tipos de Amor, su relación con el conocimiento, etc. Todo ello destinado a que el lector, además de su autor, comprenda racionalmente lo que es el amor. En una novela, en cambio, no encontraremos nada de  eso. Encontraremos un conjunto de personajes que se relacionan entre si y componen una historia. Pero esto no quiere decir que las cuestiones relacionadas con la naturaleza humana estén ausentes. En vez de una definición de amor, una novela intentará que, por un corto período de tiempo, vivamos enamorados, No nos proporcionará un listado de las pasiones humanas, pero sí nos hará sentir alegría, odio, ira o euforia. Esto es así porque , como dice el profesor Jose Ramón Ayllon “ese afán de interpretación (de la realidad) no es monopolio de los filósofos, pues los grandes escritores lo son -al mismo tiempo- por su dominio del lenguaje y la profundidad de su análisis”.

Justificada mi aproximación literaria al problema, procedo a adentrarme en el núcleo del ensayo. La tesis principal del mismo es que aplicando la analogía puede entenderse implícito en “El  Señor de los Anillos”el “falibilismo sin escepticismo” y el “pluralismo epistemológico" que defiende el artículo.
Como su nombre indica, el anillo es un elemento esencial de “El Señor de los Anillos”. El anillo es un símbolo del mal. Además de pertenecer a “Sauron” , Señor oscuro o Señor del mal”, encierra en sí todo el mal de la “tierra media”.Termina corrompiendo a quienquiera que lo porte y su única aspiración (tiene voluntad propia) es regresar a las manos de su amo (Sauron) para restablecer el dominio definitivo del mal. En este sentido, podemos asimilar el anillo al error filosófico. Todos los filósofos, no en sentido estricto sino todos los amantes de la sabiduría, formamos una comunidad cuya misión es destruir el error, la ignorancia y la injusticia. A todos, independientemente de nuestra ideología, sensibilidad política o creencia religiosa, nos ilusiona la idea de erradicar el mal (el error) de la faz de la tierra. Sin embargo, no nos ponemos de acuerdo en cuál es la manera de hacerlo.

El Señor de los anillos contiene un ejemplo inmejorable de lo que es un método exitoso para destruir el error y lograr el reinado de la verdad. En esta novela, la destrucción del anillo, el mal, es encomendada a un hobbit, un ser frágil y vulnerable en la tierra, con la complexión  de un niño. Sin embargo, este no tendrá que hacerlo solo (tampoco sería capaz) pues en todo momento estará acompañadp de otros hobbits, un enano, un elfo, hombres y un mago. Todos ellos conforman “La comunidad del anillo”. Se trata de un grupo de lo más heterogéneo. Son personajes que nada tienen en común, incluso en algunos casos son enemigos ancestrales . Por ejemplo, los enanos, que habitan en el interior de las montañas , guardan un profundo rencor a los elfos, pues estos no les prestaron auxilio en épocas anteriores. Cada uno tiene su propio “orgullo de raza” y sus cualidades distintivas: Los elfos son sabios,  equilibrados y muy hábiles en el uso del arco; los enanos rápidos e imbatibles en las distancias cortas; los hombres son nobles y de carácter orgulloso, etc.

Sin embargo, a pesar de todas las diferencias, algo más radical que todas ellas les une y les empuja a superarlas, haciendo incluso que den las vida los unos por los otros: Destruir el anillo. Gracias a este objetivo común, todas las diferencias, que antes eran inconvenientes, se revelan como puntos favorables. Las cualidades propias de cada uno se convierten en algo que solo él puede aportar. Así, la aparente inutilidad de los Hobbits, físicamente muy débiles,  se hace imprescindible cuando es preciso introducirse en las Grietas del Destino y arrojar el anillo al fuego. Como es fácil observar, las diferencias, puestas al servicio de un objetivo común, son finalmente ventajas que posibilitan el éxito de la difícil empresa.

Análogamente, el paradigma que debe sustentar a la filosofía es el de “unidad en la diversidad”. Un método compuesto por varios métodos diversos. Eston son diversos en tanto que se aproximan a la realidad desde distintos puntos de vista. Estoy pensando, por jemplo, en las diversas ciencias particulares que, persiguiendo verdades concretas  como la verdad de la medicina, la verdad biológica etc., forman un único método en tanto que todos sus objetos forman parte de una misma realidad.
En la sociedad contemporánea, donde el pluralismo es un elemento esencial, es más necesario que nunca que aquellos que nos consideramos “amantes de la sabiduría” estemos dispuestos a formar una comunidad semejante a la que plasmó J.R.R Tolkien en su famosa novela. La búsqueda de la verdad ha sido relegada a la esfera de lo privado. La sociedad, en conjunto, se preocupa cada vez menos de lograr una visión omnicomprensiva del mundo y de la vida humana. El auge de la técnica, la llegada de las nuevas tecnología  de la información  y la globalización nos ha conducido a un saber fragmentado y atomizado.

Por ello, en la medida en que somos una minoría y las circunstancias son adversas, estamos obligados a formar una comunidad de personas que anteponga la destrucción del error a cualquier interés personal. No existe tal cosa como una Grieta del Destino, donde arrojar el error y ver cómo desaparece para siempre, pero eso es precisamente lo que hace a la filosofía tan apasionante, que siempre quedará verdad por descubrir.