Ciertamente, la cuestión del contacto entre la filosofía y la gente es incómoda para cualquier filósofo de nuestro tiempo, pues pone ante nuestros ojos una realidad que muchas veces no queremos ver: La Filosofía vive un momento de profundo desprestigio. Y si bien es cierto que una de las causas principales es el relativismo imperante de la postmodernidad, sería excesivamente cómodo y poco honrado pensar que es la única. En mi opinión, no basta con detectar los factores externos que pueden haber conducido a esta situación, sino que es necesario hacer un profundo examen de conciencia para averiguar si nos corresponde o no parte de la responsabilidad.
Pues bien, después de darle algunas vueltas al dilema antes planteado, he llegado a la siguiente conclusión: Una de las principales responsables de que la Filosofía sea una ciencia, o mejor dicho una sabiduría, arrinconada, poco estimada o incluso menospreciada es la universidad.
La concepción que tengamos de universidad juega un papel fundamental para determinar cual es el estatus que le corresponde a la filosofía, pues la institución que por antonomasia debe proteger y estimular la búsqueda de la verdad.
Tras dos semanas de vacaciones, he podido llevar a cabo un profundo análisis de la idea de universidad. He recorrido su historia y he consultado a los universitarios más importantes de todos los tiempos acerca de las claves para que la universidad cumpla su fin, que no es otro que el de buscar la verdad y, por tanto, hacer filosofía.
Finalmente, lo que al empezar la investigación era solo una intuición más o menos fundamentada se ha convertido en una convicción con la que estoy dispuesto a guiar mi vida universitaria: La universidad, independientemente de sus áreas de especialización, debe ser una etapa en la que cada uno de sus miembros se aproxime libremente a la realidad y explore todos los campos del saber. De esta manera, la universidad hará de todo aquel que pase por ella un verdadero filósofo.
A continuación haré un breve recorrido por la historia de la universidad, después realizaré un somero diagnóstico de la universidad actual y, finalmente, propondré una serie de claves la auténtica universidad como institución que busca la verdad.

El origen de la Universidad

El origen de la universidad se sitúa en el Medievo. Es un tiempo en el que la verdad y la belleza van de la mano. La  formación intelectual empieza  a impartirse  en monasterios y catedrales. Las escuelas dividían las enseñanzas en dos grandes bloques temáticos: El Trívium y Quadrivium. El primero comprendía la Gramática, la Dialéctica y la Retórica. El segundo, Aritmética, Geometría, Astronomía y Música. Las siete materias eran conocidas como las Artes Liberales; unas, relacionadas con las Letras; las otras, con  las Matemáticas. Se ofrecía entonces una educación  abierta a lo trascendental.
      Más adelante aparecen los Studium Generale, aquellas escuelas que recibían alumnos procedentes de otras diócesis y cuyos títulos eran válidos en todos los lugares. Surge un gremio de estudiantes y maestros, la universitas, de ahí el término universidad. Las facultades que componían estas instituciones impartían la enseñanza de Filosofía,  Derecho (Canónico y Civil),  Medicina y Teología. En cualquier caso, las universidades elaboraban libremente sus planes de estudio, dando así origen a la libertad de cátedra.
Así, el nacimiento de la universidad fue fruto de la convicción de que el ser humano es capaz de conocer la verdad. Pero no una verdad fragmentada, dividida en compartimentos estancos, sino una verdad cuya misión es abarcar todo orden de la creación[1].
En la reforma protestante podemos encontrar un primer punto de inflexión en la manera que tiene Europa de concebir la universidad. Esta señalará una separación entre universidades protestantes y católicas. La universidad comienza aquí una nueva andadura, en la que cabe destacar la ruptura del diálogo entre fe y razón y el predominio de intereses utilitaristas. En la época de la Revolución Francesa ya se oye hablar de una crisis de la universidad. Es el caso del movimiento de Oxford, encabezado por John Henry Newman, que reivindicaba una universidad más abierta a la trascendencia. En el siglo XX, Ortega y Gasset describía al estudiante universitario como un “nuevo bárbaro”[2]. Con esta expresión se refería principalmente “al profesional, más sabio que nunca pero más inculto también”.

La universidad de hoy

A día de hoy la universidad europea es una institución preocupada principalmente por formar profesionales. No se fomenta en los estudiantes la inquietud por las preguntas sobre el sentido de la vida o la trascendencia; la búsqueda de la belleza y la verdad han sido relegadas, y se apuesta cada vez más por una especialización siempre al servicio de la competitividad. Las únicas competencias que adquiere el alumno son aquellas que le ayudarán a superar una entrevista de trabajo o a ser un buen profesional. Pero, ¿y aquellas competencias necesarias para vivir una vida plena, para ser un buen padre de familia, para  cultivar verdaderas relaciones de amistad? ¿Para qué vivir hasta una avanzada edad rodeado de bienestar material si no se encuentra un sentido verdadero a la existencia? En la mayoría de las universidades europeas las competencias para afrontar estas cuestiones brillan por su ausencia.
La realidad de la universidad actual se encuentra bastante alejada del ideal universitario clásico. Esto se debe a que se encuentra sumida en los valores imperantes en la sociedad de hoy, de los que no ha sabido escabullirse o, lo que es peor, no ha querido hacerlo. En otras palabras, la universidad actual es hija de su tiempo, de una cultura en la que imperan los valores mercantilistas y un pragmatismo exacerbado en el que no tiene cabida nada que esté más allá de cualquier aplicación práctica inmediata.
Ello tiene consecuencias directas en la educación superior y se manifiesta en una serie de características que analizaremos a continuación.
En primer lugar, nos encontramos con que la universidad, por influencia del pensamiento liberal e ilustrado, no está sometida a ningún tipo de tradición intelectual, so pretexto de una neutralidad que la incapacita para sostener la idea de un bien para el hombre. Así, ha quedado subordinada a los valores imperantes en la sociedad, que actualmente son los de la ciencia económica y el mercado (la eficiencia, principalmente), y ha modelado un plan de estudios o currículum de acuerdo con los mismos. A este respecto cabe destacar la exigencia que ciertos centros universitarios europeos  imponen a día de hoy a sus profesores; se trata de la llamada “Declaración de Libre Investigación”, que dice así:


“Universidad Libre de xxxx.
 Declaración de Libre Investigación.
 Yo, el abajo firmante (…), declaro por mi honor que soy partidario y seguidor de la libre investigación, es decir, de la búsqueda altruista de la verdad por medio de la ciencia, lo que implica el rechazo de todo principio de autoridad en el campo intelectual, filosófico y moral, así como el rechazo de toda verdad revelada. Declaro que actuaré de acuerdo a cuanto dicho más arriba.
 Fecha (…) Firma (…)”. 


De aquí se desprende  una concepción de la razón meramente cientificista, técnica, fruto del proceso de especialización y, en última instancia, una visión fragmentada del saber. La especialización ha degenerado en una situación de fragmentación de la verdad misma, en la medida en que ha convertido  cada ciencia en un saber dedicado a un ámbito reducido y concreto de la realidad,  orientado a bienes y verdades en ocasiones incompatibles  con las del resto.
Consecuentemente, estamos ante una pérdida de la visión global del saber, su atomización, que diluye la comprehensión global de la realidad. De ahí la inaptitud de la universidad para afrontar las preguntas y los problemas que se dan en la sociedad. Es así como la educación superior, en palabras de MacIntyre[3], se halla en una situación de esquizofrenia al tener que ‘elegir’ entre dar una formación cultural a sus alumnos o prepararlos en los ámbitos técnicos de modo que adquieran entrenamiento profesional durante sus años de estudios universitarios.
Como he señalado anteriormente, la universidad se ha plegado a los valores de la cultura actual, de manera que se ha decantado por la segunda de estas opciones, que es la formación de profesionales. Profesionales cuyo objetivo es alcanzar grandes puestos de trabajo con los que satisfacer sus necesidades individuales, sin mayor altura de miras ni límites que los que constituyen los intereses ajenos. Esta educación no permite que la universidad cumpla con una de sus funciones primordiales, la formación de las personas que integran la sociedad y que han de contribuir a sostenerla. Se ha encerrado, por el contrario, en un modelo de investigación académica y técnica en ocasiones bastante alejado de la vida real de la comunidad.



Una propuesta de universidad

Ahora podemos observar cómo la universidad debe recuperar el que originariamente fue su cometido principal: buscar la verdad. La universidad está por naturaleza llamada a encarnar la máxima aristotélica de que “todos los hombres desean por naturaleza saber”8
Así lo ha entendido autores como Karl Jaspers, al definir la universidad como “una comunidad de estudiosos y de estudiantes empeñados en la tarea de buscar la verdad”[4], o Benedicto XVI al afirmar que “el verdadero e íntimo origen de la Universidad está en el afán de conocimiento, que es propio del hombre. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere la verdad”9
Propongo, a la vista de los errores de planteamiento que observamos, una institución que busque una cultura que redunde en la perfección humana, una cultura en la que el hombre amplíe su razón más allá de la razón técnica, en la que no se encuentre supeditado a los medios, sino a los fines. Así, entiendo que se debe recobrar el conocimiento humano en su totalidad.
Un primer paso para alcanzar esta meta es el diálogo entre las diferentes facultades de la Universidad, para llevar a cabo un estudio conjunto e integrador de la realidad que nos lleve a un conocimiento  más profundo que las conclusiones alcanzadas por cada ciencia aisladamente. Solo así se conseguirá una visión global del saber que aporte una explicación racional de la realidad y contribuya a una buena formación del estudiante acerca del bien del hombre y de la comunidad.
La universidad debe  recuperar su tarea inicial, la creación y difusión del saber, así como de una visión del mundo y del hombre acorde a la naturaleza de este. En pocas palabras, si queremos una sociedad donde la Filosofía ocupe el lugar que le corresponde es necesario restaurar la vigencia de las humanidades o artes liberales, pues solo desde una actitud de búsqueda de la verdad en su sentido pleno puede aprecierse el valor de la Filosofía, que no es otra cosa que “Amor a la sabiduría”.



[1] SÚAREZ, Luis “Lo que el mundo le debe a España”. Ed. Ariel . Barcelona 2009.
[2] ORTEGA Y GASSET, José “Misión de la Universidad. Selección de textos”. Buenos Aires 2001
[3] José Manuel Giménez Amaya y Sergio Sánchez-Migallón, “Diagnóstico de la universidad en Alasdair MacIntyre: génesis y desarrollo de un proyecto antropológico”. Pamplona: EUNSA, 2011.

8 ARISTÓTELES,  Metafísica”. Ed Gredos. Madrid 2000
9 ASOCIACÍON PARA LA INVESTIGACIÓN Y LA DOCENCIA UNIVERSITAS. Pagina web.
10 STRAUSS, leo. “What is a liberal education?”. Artículo univ