V. CONCLUSIÓN

A la luz de lo expuesto en los apartados anteriores podemos
concluir los siguientes puntos:

1º.- El conocimiento profundo de la otra persona es un elemento
esencial de cualquier relación de noviazgo. Este conocimiento, por tanto,
tiene que estar orientado a la intimidad de la otra persona, a su mundo
interior. De esta manera, toda relación de noviazgo debe ser una
búsqueda recíproca de la identidad espiritual de las personas que
componen la relación.

2º.- El acceso a la persona, en su esencia, debe realizarse por medio
de la inteligencia y no de la imaginación. La imaginación se refiere a lo
accidental, mientras que la inteligencia tiene por objeto lo esencial,
aquello que le hace a algo ser lo que es. En el caso de la persona, la
inteligencia es la facultad del hombre por la que se puede acceder a su
verdadera identidad.

3º.- Don Quijote de la Mancha es un ejemplo paradigmático de los
que supone fundar un amor romántico en la pura imaginación. Su amor
por Dulcinea del Toboso resulta ser una farsa basada únicamente en su
fantasía. La bella dama no es más que una porqueriza. Algo como esto
puede ocurrir cuando una relación amorosa carece de la inmediatez de lo
real.

4º.- Las relaciones a distancia tiene una fuerte dimensión virtual e
imaginativa, toda vez que dependen en gran medida del empleo de las
nuevas tecnologías de la información. En este sentido, tienen el peligro
de fundarse en el mero conocimiento imaginativo y no en el intelectual.
Una adecuada advertencia de este peligro es clave para no sumergirse en
amoríos irreales como el de Don Quijote.

IV. LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS Y LAS RELACIONES A

DISTANCIA.

Hemos puesto de manifiesto, tomando como ejemplo a Don
Quijote, la estructura y la relación entre imagen y concepto. ¿Pero cual es
su relación con el tema de los noviazgos a distancia y de las redes
sociales?

Las redes sociales —Facebook, WhatsApp y otros medios de
comunicación instantánea— están favoreciendo el auge de los
noviazgos a distancia. Todos tenemos algún amigo cuya novia o novio
vive, no ya en otra ciudad, sino en otro país o incluso en otro continente.
Se trata de una novedad de nuestro tiempo que antes apenas estaba
presente. Por ello, un análisis sereno y ponderado de cuáles son las
ventajas y los inconvenientes que plantea es más necesario que nunca.

4.1. El mundo virtual: Un mundo de imágenes

El mundo virtual es un mundo de imágenes. Se trata de un entorno
en el que la propia persona se muestra de manera parcial, quedando
oculto su mundo interior, su intimidad. Nuestro perfil, aquél con el que
nos presentamos al resto de internautas, no es más que una máscara, una
imagen con la que presentarnos. La persona no se revela en una foto de
Facebook o en un mensaje de WhatsApp. La persona se revela en el trato
directo, en el encuentro de su mirada —la epifanía del rostro, como la llama
Lévinas—, en el tono de su voz y en los gestos que realiza. En este
sentido, es preciso advertir el peligro que corre un noviazgo cuya base
sea la comunicación digital y no un conocimiento real de la otra persona.

Dicho esto, es necesario dar un paso más y preguntarse cómo es
posible cultivar una relación profunda, duradera, auténtica, basada en el
conocimiento y entrega al otro22. Las relaciones de verdadera amistad —
uno de cuyos casos paradigmáticos es, en definitiva, el noviazgo—
parecen haberse sustituido en muchas ocasiones por mera fórmulas de
cortesía, de ‘saber estar’, ‘saber tratar’ a los demás en cada situación, sin
interesarse por el otro ni dejarnos conocer de manera absoluta. El otro
se convierte, pues, en una especie de ‘extraño’, de ‘otro’ en sentido
estricto, en quien no reconocemos a un semejante. Esta relación deja de
ser una relación de amistad para, en palabra de Jon Borobia, convertirse
en una relación de interés o interesada —que resulta más cómoda en la
medida en que ambas partes aceptan desde el inicio que se trata de una
relación de utilidad23. Análogamente puede ocurrir que, en un noviazgo
sustentado en el mundo virtual, los novios sean en el fondo extraños que
no se conocen.

A este respecto, es cada vez más frecuente el fenómeno que Alex
Williams describe en su artículo “The end of coutship?”24 El tradicional
cortejo previo a una relación de noviazgo esta desapareciendo en pos de
otro que podríamos denominar «cortejo virtual». Según este autor,
«Dating culture has evolved to a cycle of text messages, each one requiring the codebreaking
skills of a cold war spy to interpret». Efectivamente, la cultura de la
imagen en que estamos inmersos está arrinconando los métodos
tradicionales de ofrecerse a una chica como «pretendiente». Ahora, el
preámbulo de lo que vulgarmente se conoce como «estar saliendo» tiene
lugar a través de las redes sociales. Para tratar con una chica ya no es
necesario estar espacialmente cerca de ella.

En un noviazgo convencional, poco a poco el trato personal
aumenta y se hace frecuente, sin plantear grandes problemas. El trato
«virtual» del que hablamos se va sustituyendo por el trato personal y
poco a poco se irán revelando las intimidades de los novios. Sin
embargo, en un noviazgo a distancia existe el peligro de que esta fase de
trato virtual no se supere realmente. Como hemos señalado
anteriormente, las redes sociales ofrecen una sensación de cercanía
difícilmente superable. Esto puede crear una apariencia de intimidad. Sin
embargo, esta cercanía es solo aparente. Lo que tenemos cerca no es la
otra persona, sino su imagen. Y está no es suficiente para hablar de
noviazgo.

Por amor platónico entendemos un amor que se sustenta en una
ilusión. ¿Podemos basar una relación de pareja en eso?
Ya hemos aludido a lo perniciosas que resultan las imágenes falsas
en las relaciones de pareja. El amor platónico configura una imagen idea
—aparentemente perfecta— de la otra persona, haciendo imposible la
decisión racional teniendo en cuenta la verdadera naturaleza del otro.
Necesitamos atender a criterios reales y no imaginarios. El conocimiento
de la verdad es indispensable para que un noviazgo se sustente sobre
bases que permitan un desarrollo armónico.

Las relaciones a distancia tienen ese componente platónico. En una
relación a distancia falta la confrontación sensible por la cual conocer los
actos concretos que realiza el hombre o la mujer que se ama. El amado,
al no poder conocer esto, requiere conocer la imagen del otro a través de
lo que cuenta el otro de sí mismo. El problema no es si hemos de fiarnos
de la sinceridad del otro sino, más bien, si el otro es capaz de verse a sí
mismo con la objetividad necesaria. No nos conocemos totalmente a
nosotros mismos. Ese amor platónico que puede surgir entre una pareja
tiene el riesgo de truncarse cuando compartan la realidad de sus mundos
cotidianos. Por eso, la prolongación excesiva de la distancia no es algo
recomendable.
III. DON QUIJOTE Y EL AMOR-FICCIÓN


Todo lo expresado con anterioridad en un lenguaje filosófico fue
analizado desde otra perspectiva por Miguel de Cervantes en El Quijote.
La pérdida de contacto con la realidad de Alonso Quijano, motivada por
una hipertrofia de la imaginación y una atrofia del pensamiento, es el
motor de toda la novela. En su delirio de fantasía, Don Quijote, se lanza
en busca de aventuras y —lo que resulta más interesante para el
propósito de este trabajo— crea un amor que solo existe en su
imaginación.


3.1. La locura de D. Quijote: Una hipertrofia de la imaginación


La locura de Don Quijote hunde sus raíces en una desmedida
lectura de libros de caballería. El desafortunado hidalgo termina por
confundir el contenido de aquellos con la realidad misma. «En
resolución, él se enfrasco tanto en su lectura que se le pasaban las noches
leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así del poco
dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a
perder el juicio»16.

En este «perder el juicio» de Don Quijote a que hace referencia el
texto anterior «hay que ver una alegoría o un símbolo antes que un
diagnóstico clínico»17. D. Quijote no es un loco en sentido estricto, sino
un pobre anciano —la esperanza de vida de aquella época apenas llegaba
a los 30 años— que había alimentado desmesuradamente su imaginación
hasta no poder, o no querer —al final de la novela don Alonso Quijano
«renuncia» a su locura para volver a la realidad— distinguir realidad e
imaginación. Así lo sugieren también los diversos intervalos lúcidos en
que Don Quijote no solo demuestra estar cuerdo sino ser pasmosamente
brillante, como en el discurso de las Armas y las Letras. Parece razonable,
pues, aplicar a Alonso Quijano todo lo expuesto en el apartado anterior:
es una víctima de una confusión entre pensamiento e imaginación18.


3.2. El Amor platónico de D. Quijote: Dulcinea del Toboso


Como todo buen caballero andante, D Quijote debe crear una
amada a la que poder cortejar y ofrecer sus hazañas. Construye para ello
un personaje a su gusto, imagina una doncella acorde con la fantasía que
da vida a su aventura: Dulcinea del Toboso. Según da a entender el texto,
esta doncella no es del todo imaginaría, sino que el anciano don Alonso
la ha conocido realmente: «Se cree, que en un lugar cerca del suyo había
una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo
enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cuenta
de ello»”19. Esta humilde labradora es revestida por la imaginación de D.
Quijote con las galas de una noble doncella y, así, «buscándole nombre
que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de
princesa y gran señora, vino a llamarla 'Dulcinea del Toboso' porque era
natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico, peregrino y
significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto»20

Espoleado por la imaginación, Don Quijote idealiza a su amada
atribuyéndole toda clase de cualidades. Sin apenas haberla conocido, su
imaginación le lleva a añadirle todo lo que la pasión desmesurada del
caballero andante le pide. En ello se descubre la poderosa capacidad de la
imaginación para inducirnos al autoengaño —lo que ya aludimos al
sugerir sucintamente que su locura tuvo algo de voluntario, dado que al
final de su vida «renuncia» a ella.


3.3. El desengaño de D. Quijote: Aldonza Lorenzo
Como es natural, la imaginaria doncella de D. Quijote no se parece
en nada a la verdadera realidad. La sublime Dulcinea del Toboso resulta
tener por nombre el de Aldonza Lorenzo, que, como apunta el narrador
de la novela, «dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra
mujer de toda la Mancha»21.
II. PENSAMIENTO E IMAGINACIÓN


Para las nuevas generaciones, que han desarrollado una gran
mentalidad crítica, es necesario que las pautas que se den para el buen
desarrollo de las relaciones afectivas en el contexto de Internet sean
claras y precisas, racionalmente estructuradas, al modo en que los
filósofos analíticos concibieron la buena filosofía: bien razonada y con
ejemplos. De lo contrario, nos haremos acreedores de la acusación de un
famoso filósofo inglés: levantar polvaredas para después quejarse de que
no se ve bien5. En pocas palabras, pretendemos ofrecer razones claras y
no simplemente criterios de conducta sin fundamentación.

La relación entre cuerpo y conocimiento es un problema clásico en
la filosofía, que ha hecho correr ríos de tinta. Aristóteles, en su libro De
anima, comienza ya una interesante investigación sobre el tema,
apuntando a algunas verdades fundamentales sobre las que construir la
teoría del conocimiento. Este tema es de una importancia capital para la
presente investigación, dado que una de las finalidades más importantes
del noviazgo es conocerse el uno al otro en profundidad. ¿Es posible
conocer a una persona con la que solo contactamos a través de las redes
sociales? La respuesta a está pregunta determinará en que medida un
noviazgo a distancia puede ser considerado un verdadero noviazgo. Pero
antes es preciso aclarar algunos puntos.

2.1. Inteligencia e imaginación

Aunque Aristóteles no da una respuesta definitiva a la cuestión,
plantea una distinción fundamental entre imaginación e inteligencia, que
traerá mucho fruto en la pensamiento posterior, tanto teórico como
práctico.

Para Aristóteles la imaginación es una facultad sensible que
produce imágenes, que capta lo accidental, lo accesorio de la realidad.
Podríamos definirla como «aquella facultad cuyo objeto es volver a
considerar o hacer presente de nuevo (re-presentar) algo que estuvo
presente a los sentidos externos»6. La imaginación opera mirando al
pasado, constituye lo que comúnmente llamamos archivo de percepciones. En
este sentido, el principal cometido de la imaginación no está en sí misma
ni en su actividad, sino en el suministrar a la inteligencia aquellos
phantasmata —imágenes que utiliza el intelecto agente para extraer de lo
sensible lo inteligible— que permiten captar al hombre los conceptos y,
posteriormente, formular juicios.
La imaginación está normalmente bajo el imperio de la voluntad,
aunque a veces —en estados de inconsciencia o subconsciencia— escapa
a su control. Consecuentemente, las imágenes que poseemos no son
siempre las más adecuadas para formular conceptos con los que captar la
realidad7.

Algo fundamental que ha de sustentar toda investigación es la
apertura natural a la verdad del hombre8. Esta realidad se pone de
manifiesto, v. gr., en el pasaje de San Agustín: «He encontrado muchos
que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar»9. El
hombre es un ser que «busca la verdad»10. En este sentido, la inteligencia,
que es la facultad cuasi-divina del hombre de captar lo esencial, lo que es
el ente, cumple ese objetivo de trascender las apariencias, el borde
periférico de lo real. «El hombre es capaz de conocer de modo abstracto
6 García Cuadrado, J. A., Antropología filosófica. Una introducción a la filosofía del
hombre, EUNSA (4ª edición), Pamplona, 2008, p-58.
7 Cfr. Santamaría, M. G., Perfecciopía (Inédito), p. 8.
8 García Cuadrado, J. A., Op. cit., p. 71.
9 San Agustín, Confesiones, X, 23, 33: CCL 27, 173.
10 Juan Pablo II, Fides et ratio; n.28.
y universal, es decir, puede llegar a la esencia de las cosas»11, y eso le
permite realizar su vocación, su afán, y no sumirse en imágenes
inconexas.

Esta distinción entre facultades no es total. La unión se encuentra
ya apuntada en Aristóteles12. A la luz de esta distinción, cabe una
consideración práctica aplicable al noviazgo, pues su razón de ser es
fundamentalmente posibilitar el conocimiento del otro. Sólo así se
consigue una adecuada ordenación de los apetitos sensibles y racionales,
que es clave para lograr un noviazgo fructífero.


2.2. Imagen y concepto: El peligro de la confusión

El siguiente paso es distinguir adecuadamente entre imagen y
concepto. La imagen es producto de la imaginación, mientras que el
concepto surge de la inteligencia.

El concepto es la realidad que se presenta ante la inteligencia como
referencia a lo que está fuera de nosotros. No es una cosa que esté en la
inteligencia flotando, sino la posesión del ente como perfección. Su
única consistencia como realidad es el «referirse a»13. Es pura remisión a
lo que se presenta ante nuestros ojos. La imagen también lo es, pero el
concepto, debido a su espiritualidad, a su inmaterialidad, lo es en grado
sumo. Es por ello que, cuando pensamos, conocemos más que cuando
imaginamos. La imaginación conoce las formas accidentales de lo real.
El concepto se refiere a lo puramente inmaterial de la cosa.
Imagen y concepto pertenecen, pues, a dos niveles distintos de
conocimiento. En el ser humano se dan ambos de tal manera que resulta
fácil confundirlos. Por un lado, la imaginación humana es especialmente
poderosa debido a su actuación conjunta con la inteligencia. La imagen
se da simultáneamente al concepto. Además, la inteligencia y la
imaginación poseen el mismo objeto. Lo único que los distingue es el
grado de realidad que poseen. Por eso es muy común que no sepamos
distinguir cuánto hay de imaginativo y cuánto hay de conceptual en una
realidad que conocemos. Esta propensión a confundir el mundo de la
imaginación con el del conocimiento intelectual puede agravarse por la
exposición excesiva a las sofisticadas tecnologías de la imagen. Perfiles en
redes sociales, comunicación virtual, etc., pueden inducir no ya a
confundir la realidad con la imagen de lo real, sino a confundirla con la
«imagen de la imagen de lo real». Nos encontramos en un bosque de
impresiones que no se corresponden con una experiencia sensible
directa.
11 García Cuadrado, J. A., Op. cit.; p. 74.
12
Aristóteles, De anima III 431 a 14-17.
13 Polo, L., Teoría del Conocimiento, Tomo I, EUNSA, Pamplona, 2004, p. 58.

Entre el concepto de hombre y la imagen de hombre hay un paso.
El concepto de hombre tiene una realidad universal. La imagen, en
cambio, con sus notas sensibles y mutables, puede responder más a
hechos e intereses circunstancias de mayor o menor recorrido histórico.
En pocas palabras «esa unidad de comprensión sobre algo o sobre
alguien se da en el conocimiento de lo intelectual (los conceptos), y no en
el conocimiento sensible imaginativo»14.

Además, la imaginación no accede a la persona en sí misma
considerada, sino tan solo a sus imágenes fragmentarias, que remiten a
aspectos concretos y accidentales, pero no a la propia persona. Pueden
hablarnos de su forma de ser pero no de su intimidad, pues «lo que se
representa ante los sentidos “representa” lo que está más allá de ellos»15.
La imagen del hombre no es, obviamente, algo negativo. Sin
embargo, confundirla con el concepto tiene consecuencias devastadoras.

Un conocimiento del otro basado en simples imágenes, sin un sustrato
conceptual, intelectual, acerca de quién es la otra persona, equivale a
desfigurar su rostro y no conocer más que una caricatura de lo que en
realidad es. De esta manera, por más que las tecnologías ofrezcan un
mundo enormemente sugerente de imágenes, no podemos perder de
vista que las imágenes son muy deficientes para comprender a «alguien».
Sin unidad de comprensión nos enfrentamos a la contemplación de un
rostro desfigurado del otro. Y en el ámbito del noviazgo, esto puede ser
devastador.